Los movimientos sociales son formas de participación ciudadana que pueden verse desde distintos enfoques. Al darse de una manera extrainstitucional, pueden incluso percibirse como actividades ilegales (de la Garza Talavera, 2011) (p.8), argumentos sobre los que se han basado las reacciones más violentas para contenerlos, en el intento de recuperar el orden legítimo del estado. Sin embargo, al mismo tiempo, podría decirse que, sin la característica extrainstitucional de los movimientos sociales, también sería cuestionable si es que se practica un gobierno democrático. Esto porque, al presuponerse en la democracia la existencia de mecanismos para dar voz a los diversos conjuntos constituidos en una sola colectividad, y que la autoridad actúa y decide en consideración del bien común general, una voz disidente amenaza con el logro armonioso de las metas colectivas.
No obstante, tampoco es posible olvidar que los estados modernos comenzaron a raíz de movilizaciones sociales, preocupados por las condiciones de irracionalidad e
injusticia dominantes en sus contextos. Es decir, dichas naciones o estados reconocen al menos un primer momento en que la movilización social fue necesaria y legítima, para poder establecer nuevos regímenes y ordenamientos legales, respecto de los anteriores.
Ciertamente, en todas las naciones-estado modernas hubo disturbios posteriores, sin ser la desestabilización consecuente un indicador de progreso, prosperidad o satisfacción social. Evidentemente, un estado de revueltas incesantes tampoco llevaría al logro equilibrado y justo de fines públicos y privados para una sociedad cualquiera, si no pudiese consolidarse y legitimarse un estado de derecho. El panorama es complejo, sobre todo si admitimos que la insatisfacción social, aunque fuera mínima, siempre estaría latente, dado que es materialmente imposible satisfacer todas las perspectivas y necesidades; y a la vez, no todos los individuos o grupos de personas afrontan sus adversidades con la misma diligencia y por los medios más adecuados (Muñoz, 1977).
Recapitulando, se puede ver a los movimientos sociales como una enfermedad colectiva, cuando las constantes agitaciones no permiten la estabilidad necesaria para determinar un orden jurídico equitativo, justo y aceptado suficientemente como funcional por las perspectivas diversas. En el otro polo, podemos también asumir que la causa de todo movimiento social es muy probablemente producto del descontento por alguna cuestión no atendida o satisfecha de algún sector de la población. Para dirimir los conflictos latentes es necesario colocarse desde un punto de vista lo más objetivo posible. Sólo entonces podría determinarse si las demandas subyacentes han sido indebidamente atendidas por la autoridad, o bien incorrectamente atendidos o planteados por los mismos demandantes.
En cualquiera de ambos casos, sería necesario llevar a buen término la atención a la motivación originaria de la movilización social de que se trate en cada caso. Algunos de los primeros estudios sobre los movimientos sociales, se dieron desde el punto de vista marxista. Según este enfoque, el proletariado sería el agente social auténtico de cambio, al tomar en sus propias manos la responsabilidad sobre su progreso social, técnico e industrial, utilizando también sus estructuras corporativas y organizacionales para mantener una fuerte influencia ante o desde el estado para la consolidación de sus proyectos. Tal perspectiva, aunque en teoría se pretendía incluyente, lo cierto es que no tomaba en cuenta a otros sectores de la población y otros proyectos que los del progreso industrial y económico.
En el presente escrito, trataremos de analizar el zapatismo como un movimiento social mexicano que rompe con el esquema marxista y otros enfoques clásicos de estudio sobre los movimientos sociales. Una de las primeras comparaciones que podemos hacer respecto del enfoque marxista clásico, es que el zapatismo no es un movimiento obrero.
Por lo tanto, los integrantes del zapatismo no buscan las mismas reivindicaciones que buscaría un obrero en el esquema clásico marxista quien, por ejemplo, no abandonaría los objetivos de progreso de una sociedad industrial, sino que dicho progreso sería la condición de posibilidad para la emancipación de la clase social obrera, al poder estar en condiciones de negociar y/o acceder a una mejor distribución de la riqueza producida, así como seguridad y servicios sociales posibles sobre la base del crecimiento económico. La clase obrera, haciendo ejercicio de su conciencia de clase y encaminándose al logro de sus fines, buscaría una organización formal, con representatividad a gran escala, tomando como valores la libertad de consumo y el progreso material. En este orden de ideas, el proletariado se identificaría a sí mismo como un grupo socioeconómico buscando mejorar sus beneficios.
Al hablar de zapatismo, no nos referimos a las acciones y adhesión al movimiento revolucionario de Emiliano Zapata y sus seguidores en la primera década del s. XX mexicano, sino el identificado por las siglas EZLN, quienes se manifestaron en Chiapas, en el sureste de México, en enero de 1994. En el caso del zapatismo, la demanda no tiene tanto que ver con el crecimiento económico o progreso material, sino con la autonomía de las comunidades étnicas y el fortalecimiento de sus usos y costumbres, así como de la lengua e identidad de sus miembros.
Desde el zapatismo, podemos percibir una clara y frontal crítica al modelo capitalista, que sin embargo es distinta (Holloway, 2011) de la marxista en el hecho de que ésta concibió la revolución más como meta (la de ocupar el poder del estado) que como proceso, mientras que el zapatismo concibió una lucha antiimperialista sustentada no tanto en el estado, sino en la nación, por lo que los grupos zapatistas no se identificarían como un grupo socioeconómico actuando en cuanto tal por la consecución de un beneficio material; seguramente la mayoría coincida en su situación socioeconómica, sin embargo, sus preocupaciones y demandas mayores, tienen como distintivo el conformarse como un espacio de resistencia para el multiculturalismo donde se pugna por cultivar y/o gestar su propia identidad (Ceceña, 2001), pág. 2.
En suma, el zapatismo parece corresponder a la necesidad de un nuevo paradigma de análisis que haga cuenta de la amplia complejidad en contextos globales actuales. Por ello también, si bien es prudente distinguir que nuestro objeto de reflexión es el zapatismo actual, tampoco está de más hacer una breve comparación del contexto revolucionario de los albores del s. XX como su motivador y precedente. Para entonces, justamente, el modelo de revolución social que servía de referencia era el marxista, y desde entonces, en el país, el sector obrero constituía apenas una parte de la población. El resto de los grupos o sectores sociales que se unían al reclamo de cambios estructurales eran campesinos, artesanos, desocupados y otros, incluso empresarios que encontraban en la posible perspectiva liberal, una forma posible de conseguir mejores oportunidades de crecimiento, que bajo el régimen dictatorial de la época. Una vez en posibilidades de instituir un nuevo gobierno, el primer presidente es derrocado aproximadamente un año después por un golpe de estado.
Emiliano Zapata, de donde se toma el nombre del zapatismo reciente, y Pancho Villa (de quien se decía inicialmente ser un “rebelde sin causa”), dos de los combatientes más reconocidos de la lucha revolucionaria armada, sin embargo, quedan fuera del proceso constituyente; y aunque logros como el derrocamiento de Díaz o demandas satisfechas respecto a concesiones de propiedad de la tierra, la propiedad comunal y otras, se ven reflejadas en la constitución, las tensiones y conflictos entre los sectores diversos continuaron presentes.
Al mismo tiempo, si bien es cierto que varios estudios coinciden en el agotamiento o insuficiencia de recursos administrativos y dialógicamente necesarios con la población para regular y satisfacer los descontentos, también es cierto que, al no estar preparados y organizados para dar continuidad a sus propias demandas democráticamente, sin querer contribuyeron a que los logros conseguidos por el movimiento revolucionario, se consolidaran principalmente de forma centralizada, contribuyendo a la generación de futuras desigualdades.
Aún en la actualidad, se puede hacer recuento y percibir las diferencias en el aprovechamiento de recursos conseguidos. De los múltiples ejidos existentes en el país, por ejemplo, algunos fueron aprovechados para fines agrarios, como fueron pensados, habitacionales, como era necesidad, algunos constituyen actualmente reservas naturales, lidiando constantemente con los problemas propios del contexto ambiental global; mientras que otros fueron conservados sin funcionalidad, o vendidos con la motivación de un beneficio más inmediato que hacer uso de su propiedad con fines de emprendimiento, evaluando quizá los riesgos implícitos. Habiendo pues, tal abanico de posibilidades divergentes tanto en lo institucional como popular o social (hasta lo relativo al ámbito privado de los sujetos de derecho como ciudadanos) y su relación mutua, es evidente que los tropiezos para la concreción de una identidad, un proyecto estado-nacional conjunto, cohesionado y homogéneo no se debe meramente a la negligencia de uno sólo de los polos en que se identifican genéricamente a los actores de las disputas en un conflicto social (pueblo-estado), sino que las dificultades son multifactoriales en ambas dimensiones.
De ahí que se requieren estudios tanto para identificar la forma en que la estructura
principal organizacional pueda ser funcional de manera fluida, como para que los distintos actores sociales desde sus necesidades divergentes den cuerpo común al rostro de desigualdad desde el que se captan los movimientos sociales, y se identifiquen como voces articuladas en un diálogo de acuerdos. Una de las primeras hipótesis para la conformación de grupos sociales fue el paradigma de la identidad, según el cual, a la vez que necesitamos rasgos de identificación y empatía con otras personas, también el oponerse a grupos con rasgos distintos, refuerza el sentido de identidad personal que se forma al interior de la colectividad (Javaloy, 1993), pág. 1.
Curiosamente, el mismo fenómeno podría pensarse que ocurre en la conformación de un movimiento social y su aglutinación con otros o su capacidad para adherirse militantes a su causa, y su simultánea oposición a otra cierta clase o grupo dominante; hasta llegar a fragmentar entre grupos pequeños la causa misma que les daba razón a su unión, creando un mapa de posibilidades ambivalente.
En el caso del zapatismo actual, ya identificado como un espacio de lucha multiculturalista, se aglutinaron diversos grupos étnicos, se reivindicaron demandas
agrarias o de sesgo territorial, y se adhirieron otros movimientos minoritarios. A la vez que este orden de hechos tiene similitudes con el paradigma de la identidad, no es el caso con las manifestaciones del movimiento zapatista en el sentido de su proyección empática con otros grupos, y su manifestación explícita (opuesta al movimiento obrero) de no tener intenciones de obtención de escaños al interior de la estructura organizacional del estado, sino constituirse como un foro constante de oposición. Si bien el discurso verbal argumental parece sortear los dilemas del paradigma de la identidad, en los hechos también está latente la posibilidad de confluencia de otros paradigmas.
Desde autores como Olson, que estudian el fenómeno de cálculo del costo-beneficio en los individuos para formar parte de movimientos sociales, podemos pensar en otros factores además del paradigma de la identidad, para la conformación o desmembramiento de los movimientos sociales. De ello tenemos ejemplo, en la práctica de instrumentalización de la identidad para captar recursos destinados al apoyo de grupos étnicos, practicada en algunos países, u otros donde grupos usurpan derechos o beneficios conseguidos por algún movimiento social, sin tener las mismas necesidades ni haber participado como parte de la organización formal del movimiento. Desde el punto de vista de las minorías, entonces, el poder articular su discurso simbólico en una unidad coherente, puede dar fuerza virtual a las motivaciones y objetivos de atención de la minoría articuladora; pero tiene latente también el reto de dar funcionalidad práctica y organizativa a la continuidad de dicha articulación.
Cabe cuestionarse si, al margen de la institución, pero apego a la noción, más amplia, de nación, y al mismo tiempo en diálogo negociador con el estado, el movimiento social del zapatismo llegaría a tener la coherencia operativa requerida similar a la discursiva, necesaria para promover un cuerpo social participativo. Si fuera el caso, ¿por qué no dar cabida institucional a la continuidad dialógica y operativa que se pueda alcanzar, como punto de encuentro de sectores divergentes? Por una parte, tomando en cuenta que el zapatismo comenzó y se dio a conocer como un conflicto armado paramilitar, atrayendo hacia sí la atención necesaria para pronunciarse, también causó motivos de preocupación ante la posible multiplicación de levantamientos armados desestabilizadores para el estado.
Incluso se imputaron cargos por terrorismo (aunque fueron retirados posteriormente) al líder reconocido del movimiento zapatista. En otra etapa del conflicto, el movimiento zapatista armado, después de sus primeras ocupaciones, fue quedando sin capacidades militares, a partir de lo cual cambió su estrategia de lucha hacia el pacto de acuerdos que permitieran los cambios constitucionales necesarios que favorecerían la satisfacción de algunas de sus demandas más importantes, hecho conocido como los “Acuerdos de San Andrés”, celebrados en el último año de gobierno del presidente en turno, y postergados indefinidamente por la siguiente administración presidencial (Sámano, Durand, & Gómez, 2001). Después de algunos años, el movimiento se ha mantenido en relativo silencio, siendo de sus últimas pronunciaciones la propuesta de una candidata indígena a la presidencia del período electoral más reciente.
Comparado con el repertorio y resultados limitados de otros movimientos sociales urbanos de protesta u oposición a las autoridades hegemónicas, como las marchas, cacerolazos, huelgas, motines, etc., el movimiento zapatista en cierto modo ha cambiado de estrategias y logrado mantenerse cohesionado a lo largo cierto tiempo, logrando sortear la disminución de sus capacidades paramilitares y el incumplimiento o aplazamiento de acuerdos, inclinándose ya sea por estrategia o previsión, a la búsqueda de una visibilidad por vías democráticas. En concordancia sobre lo que se presupondría un bajo nivel de diferenciación vertical u horizontal de organización, en oposición de paradigma clásico de movimiento social, en 2018 quien se postula como candidata promovida por el zapatismo a una mujer indígena, expresando así la cohesión de reivindicaciones buscadas, sin postularse quien durante mucho tiempo fue identificado como líder principal del movimiento.
Es decir, se pueden apreciar rasgos determinados que ayudarían a pensar el zapatismo como un movimiento más consciente de sí mismo que su predecesor (el liderazgo de Zapata en la revolución), y que probablemente, en virtud de su consistencia en el tiempo, favorezca en lo futuro el diálogo democrático. Por otro lado, es imposible no cuestionarse si en el contexto hipotético de que el movimiento tuviese una voz con mayor resonancia e influencia identitaria con la población, no llegarían a tener necesidad, como la estructura organizacional del estado mismo, de volverse más centralizado y vertical en el aspecto de liderazgo y autoridad, así como elitista en su aspecto ideológico, reproduciendo las problemáticas del estado que habrían dado origen a sus quejas, de manera similar a como se desenvuelve el concepto de “Reproducción” de sociólogo Pierre Bourdieu.
En cualquier de ambas hipótesis y, por lo reflexionado hasta el momento, se requieren estudios sociales anfibios, cuyos marcos teóricos puedan ser flexibles y complementarios para ejercer un enfoque no prescriptivo, fijo o superficialmente descriptivo, sino comprensivo en cuanto a la complejidad y mutabilidad de los movimientos sociales y sus paradigmas explicativos. Otros dos ejes de análisis comunes al análisis de movimientos sociales son la perspectiva socio-territorial y el carácter plebeyo que los movimientos. De hecho, este aspecto lo vemos reflejado en las demandas representadas por el liderazgo de Zapata en el movimiento revolucionario, ante la explotación de que eran objeto indígenas y campesinos ya que, bajo las condiciones existentes, la mayoría de los campesinos no tenían prácticamente posibilidades de adquirir sus propiedades y tener otra vida que no fuera dependiente de los grandes hacendados.
Para entonces, el territorio del país ya se había visto mermado por disputas independentistas de territorios como Texas, California y Nuevo México, así como de territorios del sur, como consecuencia de la difícil cohesión de la diversidad poblacional en un territorio grande, así como el logro de estabilidad en las primeras décadas posteriores a la independencia de México, por los desacuerdos con la administración central. Al sur, territorios que se habían sumado a México espontáneamente, como Guatemala y Nicaragua, se separan al declararse Emperador Iturbide, pues no estaban de acuerdo con la forma de gobierno (Carmona-Dávila, 2019). Al norte, la dificultad de gestión ante los problemas de distancia, comunicación, la incapacidad militar de las fuerzas armadas oficiales para contener las diversas agitaciones post-independistas, también provocó que los habitantes de los territorios mencionados buscaran otras oportunidades.
En tiempos revolucionarios, las desigualdades mencionadas, daban razón de ser a las demandas territoriales y, al ser satisfechas, se esperaría una mayor unidad nacional evitando mayores riesgos de revueltas no sólo revolucionarias, sino independentistas.
Actualmente, el factor territorial de los movimientos sociales es también simbólico,
provocado por la urbanización y estructuración centralizada de gobierno. Las demandas de ahora tienen que ver con la autogestión democrática y organizada de ciertos territorios, pero también hay que tomar en cuenta, cómo la aparición del zapatismo se produjo con la ocupación de algunas comunidades. Sin embargo, cuando la lucha armada pierde fuerza, el movimiento estratégicamente atrae sobre sí la atención mediática como espacio intangible de su discurso.
Por otra parte, también en el 2001 el zapatismo realiza una marcha a la ciudad de México con una marcha pacífica como una forma de ocupación del espacio simbólico de la ciudad como central para la toma de negociaciones, y al mismo tiempo poniendo en cuestión la voluntad de negociación de las autoridades. En dicha marcha, llamada del “Color de la Tierra”, retoma simbólicamente el reclamo de respeto al territorio físico y a la gestión autónoma de sus habitantes dentro de dicho territorio. Esta diversidad de estrategias en el eje analítico de los movimientos sociales puesta en práctica da cuenta de la solidez del discurso zapatista actual. Aunque al mismo tiempo, nos hace reiterar el cuestionamiento sobre su verticalidad u horizontalidad organizativa.
Afortunadamente, en el campo legislativo se han dado cambios que favorecen institucionalmente, el diálogo con la diversidad, las acciones electorales afirmativas y el respeto al derecho consuetudinario de las comunidades indígenas, otorgando así una oportunidad institucional y democrática para la solución de conflictos.
Desde la perspectiva del carácter plebeyo de los movimientos sociales, que en términos culturales y políticos tiene que ver con la irrupción de las clases populares con el espacio público y la idea de conflictos entre clases sociales, de ahí que, en los discursos de protesta, se puedan lograr adherencias o simpatías con otros grupos, al marcar una oposición identitaria entre los grupos vulnerables y el grupo o los grupos dominantes. Este recurso ha estado presente en el zapatismo sobre el que reflexionamos, al detonar la emulación y la aparición de otras manifestaciones de grupos minoritarios, si bien no desde la perspectiva obrera en los esquemas clásicos sino con la aparición de nuevos elementos y dimensiones aglutinantes, en concordancia con el fuerte proceso de mutación de las clases populares. Por una parte, el detonante de manifestaciones donde se da la imagen de politicidad de los pobres está ligada a la idea de una posible “explosión de las muchedumbres”, presupuesto en el cual la marcha pacífica a la ciudad de México pudo tener ese sesgo como una característica estratégica del movimiento.
En países centroamericanos, recientemente, al parecer las manifestaciones de movimientos sociales populares ante medidas adoptadas por el gobierno, detonaron la salida a las calles y la ocupación urbana con cacerolazos y métodos similares, con una demanda negativa específica (la derogación de las medidas impuestas). En este sentido, si bien las estructuras de poder son las de una democracia delegativa y las tomas de decisiones suelen darse “desde arriba”, el eje de análisis desde la perspectiva del carácter plebeyo de los movimientos sociales señala la necesidad de promover y fortalecer una democracia asamblearia “desde abajo” (Svuampa, 2009).
No podemos dejar de mencionar que desde el análisis del carácter plebeyo de los movimientos sociales se puede a tender hacia una reverberación populista cuando un movimiento social o partido político desea atraer adeptos basándose en el carácter aglutinante de su defensa en nombre de los pobres o las clases oprimidas, pero con gran limitación de integración para conciliar intereses y demandas en el fondo diversos o hasta contradictorios.
Como no es el caso con las actuaciones del movimiento zapatista, pareciera más adecuado analizarlo desde el punto de vista de las teorías construccionistas. Debido a la dificultad dar forma homogénea a reclamos distintos desde una sola trinchera política en virtud de las contradicciones sociales del contexto moderno global, sigue habiendo malestares sociales de fondo que requieren atención y mayor entendimiento de los hechos, como se establece desde el enfoque comprensivo de análisis. En este sentido, las teorías construccionistas sociales podrían arrojar luz sobre dicho proceso. Según esta perspectiva, hay un proceso de construcción de las creencias individuales formadas en los procesos de comunicación e interacción con los otros. De tal forma que las creencias individuales compartidas se convierten en colectivas sin importar el número de personas que las intercambian, tomando por tanto una identidad independiente a los individuos.
Las creencias colectivas, por su parte, están sujetas a cambios graduales de matiz, pueden cambiar o contraponerse a lo largo del tiempo. Por lo que las acciones colectivas de protesta pueden tener influencia, contribuyendo al cambio sobre condiciones y situaciones vistas como injustas. La acción colectiva queda definida por Tilly (Tilly, como se cita en García, 2013, pág. 3) por la existencia de intereses comunes, la organización, la movilización y el contexto como elementos principales. Como podemos ver, el zapatismo cumple con estas características, diferenciándose en el marco construccionista de los movimientos de bases, menos estables y duraderos (García Montes, 2013), pág 2.
Como mencionaos previamente, los intereses principales del zapatismo son la autogestión y el respeto de territorios indígenas, así como el desarrollo de su cultura, su identidad y el reconocimiento de esta. También se presume una estructura organizativa presupuesta por la coordinación de sus acciones y discursos, que al mismo tiempo forman parte de sus
movilizaciones, la interacción y dinámicas ejercidas para expresar sus demandas.
Por sus discursos, intervenciones mediáticas y cambios de estrategias en sus movilizaciones, se puede percibir cierta conciencia del contexto en el que actúan, de tal manera que, como lo comentamos al principio, son vistos como un espacio de resistencia multicultural, lo que de alguna manera facilita el planteamiento de sus demandas, al estar insertas en el contexto de las discusiones multiculturalistas globales, permitiéndoles mayores posibilidades de negociación. En tal circunstancia, la autoridad no puede tampoco ignorar las circunstancias contextuales del diálogo multiculturalista internacional, lo que también favorece la salida diplomática y democrática del conflicto.
Desde el construccionismo, por otra parte, se contemplan tres niveles de análisis de los movimientos sociales. El nivel micro atiende al estudio del individuo en cuanto a sus intereses para formar parte de un movimiento social. En este rubro, además de la teoría de la identidad, sobre la que comentamos en el presente escrito, también se consideran las teorías de la elección racional, la sociología creativa, y la construcción social de la protesta.
El nivel meso de análisis atiende al grupo, sus formas de organización y movilización, con el apoyo de las teorías de movilización de recursos y análisis de redes sociales. El nivel macro de análisis atiende al contexto y estructura de oportunidad política. La complejidad del movimiento zapatista ha demostrado que se puede analizar en esos tres niveles de análisis. Con algunos altibajos, la política pública ha dado atención legal a los motivos de la protesta zapatista. En lo sucesivo, se requiere prever el diálogo sostenido y equilibrado que de soluciones democráticas a conflictos latentes similares.
Como se ve, la teoría latinoamericana de los MS comienza a distinguirlos
utilizando un enfoque multidimensional para poder comprender y explicar un fenómeno
complejo y en constante transformación. Hay que reconocer a los MS como agentes
que coadyuvan a la profundización de la democracia, como un fenómeno consustancial
a las sociedades modernas y que, además, abren espacios de participación
indispensable en situaciones críticas (de la Garza Talavera, 2011, pág. 137).
Si bien ya existen marcos legales nacionales e internacionales para ello, es necesario que los actores sobre quienes recaen las legislaciones no perciban las medidas institucionales como insuficientes y, por otra parte, se logre la cooperación oportuna de los demandantes para la solución a sus demandas. Cuando las determinaciones legales no son favorables a los afectados, es necesario alentarlos a agotar los medios de impugnación con los que se cuente, para establecer los antecedentes necesarios. Así mismo, aunque los movimientos sociales no se dan prescriptivamente, será preferible orientarlos a ser actores en el ejercicio de la democracia, que perpetuar una pugna sin salida.
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