La confusión se convierte en materia prima auto-instituyente de la poiesis auto-institucional.
La denominada “fe científica” se entiende como confianza axiológica proactiva fundamentada en la epistemología del proceso hermenéutico auto e inter creativos, pro-formativos de condiciones auto-institutivas; y no como desde la inerte asimilación dentro de un —ciego— flujo conceptual en descenso vertical inalterable.
II
El desarrollo de marcos conceptuales y teóricos que sean al mismo tiempo de fiabilidad objetiva, o la correspondencia procesal de su articulación con su intención técnico metodológica , como un trazo estandarizado preestablecido de su trayectoria, no es posible de aclarar ni posible de determinar a partir del monismo sistémico dado en un “consenso” filosófico-metafísico arbitrario, dentro de estructuras meta-narrativas simbólicas y políticas unilaterales, o sin tener obligación de justificación hermenéutica, o carente de solidez conceptual y coherencia formal;
sino por, en, y desde la lectura fenomenológica orgánico-sincronística del síntoma poético onto-cinestésico meta-intuitivo; enfocado desde la acción (conducta) terapéutica, y bajo la consciencia autónoma de su responsabilidad empática.
III
El camino hacia la intelección hermenéutica, así como el desenvolvimiento de sus posibilidades intersubjetivo-sincronísticas, no puede recorrerse ni atravesarse de manera efectiva si no aprendemos a hacerlo en condiciones más inter-ececosistémicas y al interior de redes socio-estructurales de producción material y negociación simbólica colectivas sustentables, establecidas dentro del marco, en el proceso y a través del desarrollo gnoseológico llevado como consecuencia de la efectiva superación paradigmático-conceptual de toda heteronomía.
¿A qué edad te enteraste de que “Malinche” era un apodo para referirse a Hernán Cortés, y no a aquella mujer de origen prehispánico recordada por ser buena aprendiz de lenguas, y que hizo las funciones de intérprete entre españoles e indígenas?
Sí, la mujer que traducía entre castellano y lenguas ab-orígenes, fue nombrada (por los españoles) y conocida en general, mayormente, como “Doña Marina”. No: «Malinche».
“Malinche” era como los grupos autóctonos identificaron y nombraban a “Hernán Cortés”; pues por la misma razón que los españoles prefirieron poner nombres españoles a sus nuevos súbditos (no entendían el significado ni la “pronunciación de las palabras o nombres en lenguas nuevas, desconocidas), los indígenas no llamaban a Hernán Cortés así, por su nombre “original”, sino que le asignaron una palabra en su propio idioma.
Debe tomarse en cuenta, también, que “Malinche” es una manera de interpretar “castellanizadamente” el sonido diferente de la lengua prehispánica hacia el modo de escuchar y escribir castellano por lo que, tal cual, “Malinche”, tampoco sería la palabra exacta que debió haberse usado en la lengua fuente. Todo lo cual es parte de fenómenos lingüísticos “normales”, hasta este punto.
El error menos explicable, y que evidencia la pobre comprensión lectora que tenemos sobre nuestras fuentes de información, así como nuestro bajo nivel educativo nacional general, incluyendo todo lo referente a nuestra identidad, cultura e historia, es que: encima del error que constituye la confusión de personajes históricos, identidades, nombres y/o sus roles; seamos capaces de acumular aún más errores y producir aún mayor ignorancia de la que ya padecemos.
Resulta que le decimos “malinchista” a una persona, por ejemplo, cuando intentamos “acusarla” de, o queremos denotar, una especie de traición proveniente de tal persona, pensando que nos referimos alusivamente a la traductora e intérprete “Doña Marina”, como bajo la interpretación de que su labor significó una alianza con el enemigo, en perjuicio de las etnias originarias como si todas ellas desde entonces hubiesen sido unívocas y unánimes raíce de la «sólida» identidad mexicana moderna.
Me pregunto entonces: ¿Será esto signo, señal o síntoma de por qué o cómo es que los mexicanos repudiamos a aquella gente que demuestra conocimientos y capacidades de aprendizaje mayores a los nuestros? ¿Será esto un indicio de por qué cultivamos, fomentamos, incentivamos, y hasta exigimos que nuestros amigos, familiares, subalternos y/o colaboradores sean los más ignorantes y serviles posibles?
Una persona capaz y con conocimiento de las cosas, parece que necesariamente sería una persona traidora. Una persona ignorante y sumisa, ¿es aquella a quien consideramos mejor para relacionarnos, hacer vínculos, y en quienes más podemos confiar?
Ahora bien, esta clase de percepción, que podemos rastrear históricamente para observar con cuánto cuidado, pasión, constancia, y rigor ha sido mantenida y cultivada, por tantos siglos, ¿qué ventaja, beneficio o rasgo particular irrenunciable y característico de nuestra identidad gloriosa identidad nos aporta?
¿Será que de verdad esto de nombrar y considerar malinchista a alguien, desde un tono peyorativo, lo tomamos, lo aprendimos y lo conservamos como para honrar y definir nuestra identidad unívoca indígena AUTÉNTICA, y al mismo tiempo censurar a las personas traidoras originarias de un grupo que se conoce con otros, aprende su cultura nueva, a interactuar con ella, y que así traiciona a su colectivo e identidad propias?
¿O será que eso lo aprendimos de los españoles, que hasta la fecha inculcan y mantienen la clase de cristianismo más incoherente y retrógrado del mundo entero, y gracias al cual también son el país y la identidad europea menos desarrollada?
Quizá no tengo respuesta definitiva ni suficiente a las últimas preguntas planteadas. Pero, volviendo al inicio de esta pequeña disertación: si no sabes cómo, en qué fuente o fuentes de información, puedes verificar a quién y por qué se puso el nombre o apodo de “Malinche”, y desea resolver esta deficiencia, yo puedo ayudarte.
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